Los últimos pastores

Cuando era un mañaco que no levantaba dos palmos del suelo solía subirme a un inmenso árbol que había en la Cruz de los Caídos, y allí, subido en el mástil de mi imaginario barco, jugaba a ser el vigía de alguna película de piratas.
Era el héroe que luchaba contra enormes monstruos marinos (en realidad, bobinas de madera con cables de teléfono), y también el espía que, cada tarde, vigilaba el paso de unos curiosos personajes con bastón, boina y pantalones remendados, a los que siempre seguía un extraño rebaño de color negro.
Sabía que se acercaban por el sonido de los cencerros que algunas de las cabras llevaban al cuello, y también por la inevitable estela de pequeñas bolitas negras que dejaban a su paso.
Aquellos curiosos personajes con bastón, boina y pantalones remendados fueron, en otro tiempo, los dueños de la mayoría de caminos, los amos de las veredas, de los pastos… Hoy, los pastores han desaparecido de nuestra huerta y de nuestros recuerdos.
La fotografía está tomada en la Entrada a Almoradí por la carretera de Algorfa (¿años 60?)
