UN SOLO TRAJE PARA DOS COMUNIONES

Hoy una Primera Comunión suele llevar meses de preparativos: traje, restaurante, fotografías, regalos… Pero hubo un tiempo en que lo verdaderamente importante era poder hacerla.

Hace años le pregunté a mi padre cómo había sido la suya. Su respuesta terminó convirtiéndose en uno de esos recuerdos familiares que dicen mucho más sobre una época que cualquier libro.

Era 1936. En realidad debía hacer la Comunión al año siguiente, pero mi abuela, preocupada por lo que estaba ocurriendo y temiendo que pudiera llegar una guerra, pidió al cura adelantarla. Su hermano José, dos años mayor, iba a comulgar aquel año y pensó que podrían hacerlo juntos. Mi padre ni siquiera se sabía todavía el Padre Nuestro. 

Pero había un pequeño problema.

En casa solo había un traje de Comunión.

Así que José hizo la suya con los demás niños y, al domingo siguiente, mi abuela volvió a vestir con aquel mismo traje a mi padre y lo llevó solo a la iglesia para que hiciera su Primera Comunión. 

Cuando le pregunté qué hicieron después, su respuesta fue:

—¿Después? Nada…

Para la Comunión de su hermano al menos habían comprado unos rollos que comieron por la tarde. Para la suya, recordaba con humor, «debían estar muy duros». 

No hubo regalos. Ni convite. Ni álbum de firmas. Ni fotografía. Ni siquiera conservó un recordatorio. 

Historias como esta ayudan a entender aquella economía doméstica en la que la ropa se heredaba, se arreglaba y se aprovechaba hasta que ya no podía dar más de sí. Un mismo traje podía servir a varios hermanos porque comprar otro simplemente no era una opción para muchas familias.

📷 En la imagen, grupo de niños en la procesión del Corpus de Almoradí en los años 50.