Recuerdos con sabor a leche en polvo

“En el primer recreo, los chicos bajábamos a la planta de las chicas con nuestros vasos, cucharas y pequeñas bolsas de tela llenas de azúcar. Hacíamos cola ante una inmensa cacerola de agua hirviendo y leche en polvo, que una señora removía con solemnidad con una pala enorme, como si se tratara de un ritual diario.

Cuando al fin nos servía, la espuma blanca nos dejaba un bigote que lucíamos orgullosos mientras corríamos al patio a jugar al “pilla” o a trepar por las viejas paredes del Canales, desgastadas por el tiempo y la humedad de la huerta.

Por las tardes, tras cantar el Cara al Sol, los maestros nos hacían formar fila ante un gran bote de aluminio que contenía un queso amarillento. Lo cortaban en porciones y lo repartían con generosidad, antes de dejarnos correr a jugar con un balón por las calles polvorientas del pueblo.

Años después supimos que todo aquello no era un premio por portarnos bien, como creíamos, sino el resultado del Acuerdo Hispano–Americano de 1953: España cedía terreno para bases militares, y a cambio los niños recibíamos leche en polvo y queso americano.”

Un sabor que, para muchos, fue el primer sabor de la posguerra y también el de una infancia humilde, pero llena de vida.

Recuerdos de Antonio Gonzalez Lucas
Recreado con IA