Mi Abuela en el Día Mundial de los Abuelos

Siempre he recordado a mi abuela vieja; vieja y enlutada.
Me pregunto si esa imagen la guardo porque era un niño o porque realmente era anciana. No lo se.
Supongo que las abuelas de entonces envejecían y se enlutaban mucho antes, pero el caso es que una de las cosas que más deseaba era que llegase el domingo para ir a casa de la abuela, mi yaya materna.
Su rebanada de pan con aceite, restregado con su dedo, al que acompañaba de una onza de chocolate, sabía a gloria. Y en la gloria se estaba mientras me lo comía arriba del garrofero, pegado a la porchá de la casa, con el perro esperando abajo la suerte de un trozo de pan junto a mi primo y compañero de juegos Moises Martinez Coves.
Sin embargo, no recuerdo su voz.
No era muy habladora, y por lo visto, yo tampoco. Nunca le pregunté por su vida, por su historia, por la guerra…y ahora lo hecho de menos.
Era una mujer triste, con la que me sentía protegido entre sus delantales, como una gallina dispuesta a empollar, y que debió nacer cosiendo, porque así la conocí siempre.
Murió cosiendo y con la cabeza “ida”. Entonces no existía el Alzheimer ni la demencia senil. Sentada cosía con su imaginación, una y otra vez sin miedo a pincharse, su delantal, un delantal de cuadros de vichí, también de luto.
La vida no nos da otra oportunidad para conocer a nuestros abuelos, y es algo que lamento muchísimo, porque ahora ni siquiera está mi madre para que me hable de ella…😢. ¡Cuántas ausencias!
