MATAMAERES O CURANDEROS

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que ante cualquier dolencia seria había dos caminos: el médico… o el curandero. Y muchas veces el segundo inspiraba bastante más confianza que el primero.

Mal de ojo, “sol en la cabeza”, dolores inexplicables, sustos, empachos o cualquier mal que se resistiera a desaparecer acababan, tarde o temprano, en manos del matamaere.

El nombre tenía su lógica popular: se decía que aquel hombre o mujer era capaz de “matar la madre” del mal, es decir, acabar con aquello que estaba consumiendo al enfermo.

No necesitaban estudios ni títulos. Su autoridad procedía de otra parte: tenían una especie de don especial que se reforzaba con rezos, gestos, remedios caseros, hierbas, friegas y todo un ritual que impresionaba tanto al enfermo como a la familia.

Y la fe hacía el resto.

Si el paciente mejoraba, el mérito era del curandero. Si empeoraba o moría, entonces la culpa era del médico, que —según se decía— “no sabía ni dónde tenía la boca un cuervo”.

Así de sencillo.

Durante décadas abundaron por todos los pueblos de nuestra huerta y algunos llegaron a adquirir verdadera fama, atribuyéndoseles curaciones casi milagrosas.

Hoy aquellos matamaeres prácticamente han desaparecido, aunque de vez en cuando surge alguno dispuesto a recuperar viejas creencias.

Nos puede parecer extraño ahora, pero formaban parte de una época en la que la medicina llegaba con dificultad, los recursos eran escasos y la tradición ocupaba el espacio que dejaba la ciencia.

Y, como tantas otras cosas, también ellos forman parte de la memoria de nuestra huerta.