LAS BATALLITAS DEL ABUELO

-Abuelo, cuéntanos otra vez cosas de la pandemia… pero no te las inventes.
—¿Inventarme? Vosotros erais muy pequeños y casi no os acordáis de lo que vivimos aquel 2020. ¡Dos meses encerrados en casa!
Y así comenzaba el abuelo, una vez más, con sus batallitas del coronavirus…
—¿Y es verdad que no podíais ni salir a pasear, abuelo?
—¡Qué va! Al principio, del sofá a la cocina y de la cocina al sofá. Eso sí, las casas quedaron como los chorros del oro. Nos lavábamos las manos cuarenta veces al día y desinfectábamos hasta la compra antes de guardarla.
—¿Y es verdad lo del papel higiénico?
El abuelo se puso serio.
—Niño… con eso no se bromea. Hubo días en que encontrar un paquete de doce rollos era como descubrir petróleo. La gente salía del supermercado abrazándolo como si acabara de ganar un Mundial.
—Mamá dice que hacíais pan.
—Pan, bizcochos, torrijas… De repente todo el mundo se hizo panadero y cocinero. También hacíamos gimnasia por internet, pero el problema era que hacíamos diez minutos de ejercicio y después nos comíamos medio bizcocho para recuperar fuerzas.
—¿Y qué hacíais por las tardes?
—A las ocho salíamos todos al balcón a aplaudir. Primero a los sanitarios, y aquello fue muy emocionante. Después empezamos a cantar, a sacar instrumentos, a poner música… y la cosa se fue “cochineando”. Llegó un momento en que casi salíamos a las ocho y cuarto para aplaudir a los que habían salido a aplaudir a las ocho. ¡Vaya fiestas nos montábamos!
Uno de los nietos, con los ojos como platos, lo interrumpió:
—Abuelo, eso no puede ser verdad. Te lo estás inventando…
—¿Que me lo invento? ¡Y cosas peores! Engordamos veinte kilos viendo las noticias delante del televisor. Y tener perro se convirtió casi en un privilegio, porque podías sacarlo a pasear. Hubo quien empezó a mirar al perro del vecino con más interés que a su propia familia.
—¿Y no podíais viajar?
—¡Viajar dice! Para salir necesitabas una buena razón. Había controles, justificantes… y hasta quien buscaba cualquier excusa para darse una vuelta. Ir a comprar el pan llegó a parecernos una excursión.
Los nietos se miraron sin saber si creerle.
—En fin, otro día os seguiré contando… Ahora vamos a comer.
El abuelo los miró a todos alrededor de la mesa y añadió:
—Porque, aunque parezca mentira, algo bueno sacamos de todo aquello: aprendimos cuánto valía poder volver a sentarnos juntos un domingo, salir a la calle y disfrutar de las cosas más normales.
