La Parrala

De “RECUERDOS DE MI PUEBLO” de Manolete Lucas

La “Parrala” era una construcción de forma octogonal que constaba de dos zonas, la planta baja, destinada a bar y la parte alta ocupada por un templete donde la Unión Musical solía ofrecer conciertos, habitualmente algunos domingos y festivos. Era éste, lugar de encuentro, partidas de dominó y aperitivos. Estaba situada en frente de la Iglesia, en la tercera zona del Paseo ante la entrada a la calle San Emigdio y por lo mucho que tardó en construirse, se le conoció popularmente con el nombre de “La espera”.

Tuvo una corta existencia, pero plagada de anécdotas, siendo una de ellas la que llegó a mis oídos y que muy bien podría haber sido extraída de algún episodio de la novela picaresca y que paso a contarla en la prosa que a mí me hubiera gustado escucharla:
“Cuéntase que corriendo los días del año del Señor de 1955, uno de los vecinos de la muy ilustre villa de Almoradí y de cuyo nombre no quiero hacer mención para no causarle daño alguno en su amor propio, se encontraba de “mirón”, como solía hacer habitualmente, presenciando una muy disputada partida de dominó en “La Parrala” de la susodicha población. Como fuere hombre de sueño fácil y dormilón. Cayó en sopor, quedando muy pronto sumido en profundo sueño. Tan dormido quedose, que ni los golpes de las fichas ni el intenso calor del mediodía del estío conseguían despertarlo. Como diéranse cuenta de ello los allí presentes, decidieron divertirse a su costa urdiendo la siguiente broma: Cerráronse todas las ventanas, puertas y cualquier resquicio por el que pudiera entrar algún asomo de luz.

Cuando ya estuviere todo sumido en la más completa oscuridad, le despertaron anunciándole que había llegado la hora de marcharse a casa, pues era la hora de yantar. Sobresaltado despertó y como no viese nada de claridad, aterrorizado comenzó a vociferar exclamando que nada veía, que había perdido la vista y se había quedado ciego. Como la situación fuere subiendo de tono así como las maldiciones, decidieron recuperar la claridad abriendo puertas y ventanas, esperando que el inocente recobrase la calma al descubrir la broma de la que había sido objeto, más éste y a pesar de la luz, lejos de calmarse, prosiguió gritando que no veía absolutamente nada, que había perdido la visión. El grupo de bromistas, asustose tanto, que temblorosos algunos comenzaron a sudar, otros a cambiar el color de su rostro, otros a mirarle despavoridos fijamente desconcertados, hasta que la víctima decidiose a revelarles su venganza, dándoles así, de su propia medicina.


Riendo todos, se dirigieron hasta la barra y pidieron a Birlanga, el barman, que les sirviera un refresco para mitigar los sofocos padecidos. Como era la hora de tomarse una “paloma”, refrescaron con ella el gaznate y se marcharon como si nada hubiera ocurrido”.

La Parrala, lamentablemente, desapareció en 1957. Unos dicen que porque a los vecinos de la calle San Emigdio les impedía ver la fachada de la Iglesia, otros porque en la hora del descaso les molestaba el ruido de las fichas al golpear sobre el mármol de las mesas, otros por el murmullo que allí se producía en horas intempestivas… ¿Quién sabe? Lo cierto es que nos dijo también adiós.