La costumbre de encender lámparas o velas en honor a los difuntos tiene raíces muy antiguas.

En el cristianismo, la luz simboliza la vida eterna y la presencia divina, una forma de mantener viva la memoria de los seres queridos y de acompañarlos en su tránsito.
Recuerdas aquellas pequeñas mariposas que flotaban sobre el aceite? Se solían encender en la noche de difuntos, en memoria de los que ya partieron.
En muchas casas, las abuelas las preparaban con mimo y decían que las almas “volvían a dormir en sus camas” esa noche, y por respeto, no se debía sentar nadie en ellas. También era común que los niños aprendieran desde pequeños a encender con cuidado aquellas llamas diminutas, siempre bajo la mirada de una abuela o una madre que repetía el ritual cada año.
Hoy casi ha desaparecido esa costumbre, pero encender una mariposa sigue siendo un gesto hermoso: una luz que recuerda, que acompaña y que mantiene viva la memoria.
Más allá del rito religioso, las mariposas de aceite hablan de memoria, afecto y respeto por los antepasados.
¿Sigues encendiéndolas?