Enterramientos en Almoradí

Durante siglos, nuestros vecinos fueron enterrados al pie de la torre de la antigua Iglesia, en el cementerio situado en su lateral, expuestos al sol.

Ya en su tiempo se decía que estaba “mal puesto, castigado por el continuo sol que le está dando todo el día; y por lo tanto expuesto el pueblo a una peste por la ventilación de sus aires corruptos”.

Pero no todos descansaban en ese pequeño camposanto. Los más pudientes pedían ser sepultados dentro del propio templo, en capillas familiares o bóvedas, sobre todo en la de Nuestra Señora del Rosario y del Carmen. Otros elegían el Convento de San Francisco de Paula, donde se acogían entierros de especial devoción.

Con el tiempo, las ideas de salud pública fueron ganando peso. En 1804, el Rey Carlos IV ordenó que los enterramientos se realizaran fuera de los núcleos urbanos, prohibiendo los entierros en iglesias. Fue entonces cuando la Orden Pía del Hospital de Santa Lucía emprendió la construcción del nuevo cementerio de Almoradí en 1818, al inicio del camino del río, marcando un cambio decisivo hacia una sociedad más consciente de la higiene y el bienestar común.

Una historia que nos recuerda cómo la fe, de la mano del progreso, fueron moldeando la vida —y el descanso eterno— de nuestros antepasados.

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