CUANDO VOLÁBAMOS LA MILOCHA

Mucho antes de los videojuegos, los móviles y los juguetes electrónicos, había tardes en Almoradí en las que el mayor entretenimiento podía estar al otro extremo de un hilo.

Era la milocha (o cometa)

Y lo primero era fabricarla. No se compraba hecha. Había que aprender a construirla con las propias manos y hasta el maestro podía enseñar a los zagales cómo hacerlo.

Primero se preparaba la cruz con las cañas cruzadas. Después venían los hilos, los guardavientos, los parches para reforzarla, los tirantes y el cuadro. Cada detalle tenía su importancia si se quería conseguir que aquella estructura ligera terminara levantándose sobre la huerta.

Una vez terminadas comenzaba lo mejor.

Se juntaban seis o siete críos, cada uno con su cachirulo, buscaban un lugar abierto y empezaban a soltar hilo. Había que conseguir que la milocha tomara altura, mantenerla estable y presumir, naturalmente, de que la propia volaba mejor que las demás.

Pero aquello podía convertirse también en una pequeña batalla aérea.

Algunos colocaban en el rabico una «media luna» hecha con una hoja de acero afilada. La habilidad consistía entonces en maniobrar la milocha en el aire hasta conseguir acercarse a la de otro muchacho y cortarle el hilo.

Y entonces comenzaba seguramente otra aventura: ver dónde terminaba cayendo la milocha derrotada.

Eran juguetes sencillos, construidos con cañas, papel, hilo y mucha paciencia. Pero detrás había algo que hoy hemos perdido en buena medida: antes de poder jugar con el juguete había que saber fabricarlo.

Y cuando finalmente levantaba el vuelo, aquel pedazo de papel y caña construido con tus propias manos debía parecer el mejor juguete del mundo.

Durante generaciones, mirar al cielo en determinadas tardes de Almoradí significó encontrarlo lleno de milochas.