CUANDO IR A LA ESCUELA EN ALMORADÍ ERA OTRA HISTORIA

Ir a la escuela en el Almoradí de nuestros bisabuelos tenía muy poco que ver con hacerlo hoy.

Hubo aulas en las que un solo maestro podía tener a cerca de noventa niños. Y de generaciones anteriores se recordaban escuelas con más de cien alumnos para un único Maestro.

La disciplina era bastante distinta a la actual.

Hablar cuando no correspondía, armar jaleo o distraer a los compañeros podía terminar con un tirón de orejas o de pelos. Y si alguno contaba una mentira, la reacción del maestro podía ser todavía peor. Curiosamente, al llegar a casa pocos se atrevían a quejarse: existía el riesgo de recibir una segunda reprimenda de los padres.

Los castigos podían ser tan peculiares como colocar a los niños junto a la ventana con unas orejas de burro, para que los vieran quienes pasaban por la calle.

Pero la escuela no era únicamente leer, escribir y hacer cuentas.

Los sábados tocaba urbanidad. Ese día los niños acudían especialmente aseados porque el maestro inspeccionaba las manos, la ropa, las rodillas… y hasta detrás de las orejas. Después aprendían cómo debían comportarse con sus padres, con los mayores o sentados a la mesa. También se rezaba y se repasaba la doctrina cristiana.

La escuela también reflejaba otra realidad mucho más dura: no todos los niños podían permanecer mucho tiempo en ella. Algunos tenían que abandonarla pronto para ayudar a la familia, cuidar el ganado o incorporarse a las faenas del campo.

Y todavía queda un detalle curioso de aquella relación con el maestro. Las familias podían llevarle conejos, huevos, pollos.., regalos que podían ayudar a librarse de algún castigo o a sacar mejores notas.

Era una escuela severa, abarrotada y con métodos que hoy serían impensables. Pero también fue el lugar donde generaciones enteras aprendieron sus primeras letras y donde, en cuanto el maestro volvía la espalda, los niños volvían inmediatamente a ser niños.