CUANDO DESPELLOFAR TAMBIÉN ERA UN JUEGO

Ya hemos contado alguna vez cómo la despellorfá convertía una faena necesaria en una auténtica reunión de vecinos. Pero para los niños aquello tenía un significado bastante diferente.
Era otro lugar donde jugar.
Cuando llegaba el momento de despellofar el panizo, se formaban grandes montones de panochas y, a su alrededor, todavía mayores montañas de hojas secas.
Para los mayores aquello era trabajo. Para los pequeños era difícil contemplar semejante montaña sin imaginar inmediatamente lo que se podía hacer con ella.
Y había un momento especialmente esperado: cuando aparecía una panocha colorada.
Entonces comenzaba el alboroto. Los niños se lanzaban sobre el montón de pellorfas, se revolcaban entre ellas, se perseguían y acababan «repiscándose» unos a otros entre risas.
Probablemente terminaban llenos de polvo, con alguna hoja metida por donde no debía y escuchando más de una regañina. Pero la diversión estaba asegurada.
Después aquellas hojas tendrían un destino mucho más práctico: se aprovechaban, entre otras cosas, para rellenar los colchones. Nada se desperdiciaba.
Era una característica de aquella infancia que hoy resulta difícil de imaginar: hasta las faenas agrícolas de los mayores podían convertirse en un juego.
No hacían falta parques infantiles ni juguetes especialmente sofisticados. Bastaba un montón de pellorfas, unos cuantos amigos y muchas ganas de divertirse.
Seguro que alguno todavía recuerda lo que era tirarse encima de aquel montón…
