Cuando amanecía nublado

Siempre que amanece nublado me vuelven recuerdos de aquellos días largos de lluvia, los de la infancia.
Lo primero que hacía al levantarme era mirar el cielo… y buscar las botas 👢. Si amanecía nublado, ya sabía que tocaban.
Mi padre no fallaba nunca: bastaba con que mirara hacia la sierra de Callosa para dictar sentencia: “Hoy va a llover”. Y llovía.
Llovía de verdad. De esa lluvia que dejaba charcos eternos, llenaba el aljibe y convertía el camino en barro que se pegaba a las rodillas y a los calcetines. Todo tenía su orden, casi su liturgia.
Mi madre lo sabía.
Las migas se preparaban temprano y las velas se dejaban a mano —porque con las primeras gotas llegaba casi seguro el apagón—. La lluvia no era solo agua, era también garantía de una tarde de juegos entre charcos.
Si caía fina, “abonica”, el camino al colegio se hacía pegado a las fachadas, buscando refugio bajo los salientes.
Si apretaba de verdad, tocaba ir de la mano, protegidos bajo aquel paraguas negro enorme de mi madre. No habían más opciones, nada de coche. Y eso no se discutía.
Ahora apenas llueve, o al menos eso me parece. No hay noches iluminadas por relámpagos a la luz de una vela.
No hay tertulias alrededor de la mesa camilla con la tormenta de fondo.
No hay olor a tierra mojada, ni niños con botas saltando charcos.
No sé si la culpa será del cambio climático o de alguna avioneta misteriosa que oímos cuando el cielo se cubre. Una especie de maldición silenciosa ha dejado a nuestra tierra sin apenas agua.
No lo sé.
Solo sé que a veces miro al cielo como hacía mi padre… y sigo preguntándome dónde se ha metido la lluvia.
Imagen de un servidor en un día de lluvia (coloreada con IA)
