BENITO VERA, MAESTRO Y ARTESANO

Hay personas a las que uno se acerca por curiosidad y termina quedándose por la conversación. Benito es una de ellas.

Tiene 85 años y lleva alrededor de cuarenta viviendo en Almoradí, aunque es de León. Es un hombre culto, amable, discreto y extraordinariamente educado. Habla sin prisas, escucha todavía mejor y tiene esa serenidad de quien acumula una larga experiencia de vida sin necesidad de hacer alarde de ella.
Lo encontramos algunos sábados en la Plaza, rodeado de capazos, cestas y otros pequeños trabajos realizados con esparto. Pero quizá lo más interesante de su puesto no sea lo que hay encima de la mesa, sino la persona que está detrás.
Tras jubilarse, Benito Vera encontró en el esparto algo más que una manera de ocupar el tiempo. Sale a recorrer nuestro monte en busca de esta planta que durante siglos estuvo íntimamente ligada a la vida cotidiana de nuestros pueblos. Después llega el trabajo paciente de las manos: preparar el material, trenzarlo y convertirlo poco a poco en objetos siguiendo técnicas que pertenecen a una cultura popular que va desapareciendo.
Y cuando hablas con él se comprende que el esparto es importante, pero probablemente lo sea todavía más tener una ilusión, una ocupación, un motivo para levantarse cada mañana y seguir haciendo cosas.
Benito fue maestro y quizá nunca haya dejado del todo de serlo. Conversar con él termina convirtiéndose, casi sin darte cuenta, en una pequeña clase. No porque pretenda darla, sino porque tiene mucho vivido y conserva la curiosidad de quien todavía encuentra cosas que aprender.
Este sábado, coincidiendo con el cuarto aniversario de Tribu Artesana, volví a encontrarlo en la Plaza con sus trabajos de esparto.
Y pensé que, entre tantos puestos y objetos artesanales, Benito representa precisamente aquello que no se puede comprar.
Representa el conocimiento transmitido de persona a persona, la paciencia de trabajar con las manos, el placer de mantenerse activo y esa generación para la que hacer las cosas despacio y hacerlas bien nunca fueron conceptos distintos.
Por eso, si algún sábado lo encuentras trabajando el esparto en la Plaza, merece la pena acercarse.
Preguntadle por lo que hace. Por el esparto. Por su etapa de maestro. Por cualquiera de las muchas cosas que ha conocido a lo largo de 85 años.
Porque el verdadero regalo no está únicamente en contemplar sus manos trabajando. Está en escucharle.

