CUANDO LAS CAMPANAS ANUNCIABAN QUE ALGUIEN ESTABA A PUNTO DE MORIR

A finales del siglo XIX, cuando las familias terminaban sus faenas y se reunían alrededor del fuego, las campanas de la iglesia podían interrumpir de pronto las conversaciones.

No siempre anunciaban una fiesta, una misa o una defunción. A veces comunicaban que el sacerdote salía a llevar el Viático a una persona gravemente enferma.

El Viático era la comunión que recibían los fieles cuando se encontraban en peligro de muerte. Y su traslado hasta la vivienda del enfermo constituía una ceremonia que hoy puede resultar difícil de imaginar.

El sacerdote recorría las calles acompañado de personas que portaban faroles encendidos. En ocasiones, el monaguillo hacía sonar una campanilla para anunciar el paso de la comitiva.

Los vecinos interrumpían sus ocupaciones. Algunos salían a las puertas con velas o candiles; otros se arrodillaban o rezaban al paso del Santísimo.

La enfermedad de una persona dejaba así de ser un asunto exclusivamente familiar para convertirse también en un acontecimiento compartido por la comunidad.

A partir de ese momento, la calle cambia de aspecto. Los faroles iluminan el recorrido y el vecindario acompaña, con respeto y recogimiento, aquella visita que podía ser la última.

Hoy aquellas comitivas han desaparecido de nuestras calles, pero durante generaciones formaron parte de la vida cotidiana de muchos pueblos de nuestra comarca.

Fuente: José García Martínez, Bosquejos lugareños, relato «La última visita»