AQUELLAS CARRETILLAS DE RODAMIENTOS

Hubo un tiempo en el que para tener el mejor juguete del mundo no hacía falta ir a comprarlo. Bastaban unas tablas viejas, dos listones, unos clavos, un tornillo… y conseguir lo más importante: tres rodamientos.

Y con aquello construíamos nuestra carretilla de rodamientos.

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El modelo de tres ruedas era seguramente uno de los más habituales. Dos rodamientos atrás y uno delante, colocado sobre un listón móvil que hacía de dirección. Una cuerda atada a los extremos permitía manejarlo con los pies o las manos mientras uno iba sentado prácticamente a ras del suelo.

No había frenos, amortiguadores ni casco. Y tampoco parecía preocuparnos demasiado.

La auténtica suerte era tener cerca a alguien que trabajara con coches o camiones. Los rodamientos usados eran un pequeño tesoro. Había que conseguirlos, buscar las maderas y después venía otra parte del juego: fabricarte tú mismo el juguete con el que ibas a jugar.

Y cuando estaba terminado, había que probarlo atando la cuerda a la parte trasera de una bicicleta… y a volar. El estruendo de aquellos rodamientos contra el asfalto anunciaba nuestra llegada antes de que apareciéramos por la esquina.

Cuanto mejores eran los rodamientos, mejor corría. Y cuanto más deprisa corría… más orgulloso estaba uno de su invento.

No sé cuántas rodillas despellejadas dejaron aquellas carretillas, pero sí sé una cosa: hicieron felices a muchos mañacos aquellos tres rodamientos.