CUANDO ALMORADÍ CALZABA ALPARGATAS: LA ALPARGATERÍA DE «EL COJO»

Hubo un tiempo en que casi todo Almoradí caminaba sobre suelas de yute o cáñamo.
Las alpargatas eran el calzado cotidiano de jornaleros, agricultores, mujeres y niños. Se utilizaban para trabajar, para salir a la calle e incluso había modelos especiales reservados para los domingos y las grandes ocasiones.
Y en aquel Almoradí de principios del siglo XX hubo una familia estrechamente vinculada a su fabricación: los Mora.
Según el testimonio de Miguel Mora recogido por Antonio González Lucas en Almoradí en la memoria, su padre, Juan José Mora, conocido como «el Cojo», abrió en 1920 el que él recordaba como el primer taller de alpargatas de Almoradí.

Miguel tenía solamente ocho años cuando, en 1931, comenzó a ayudar a su padre. Su recuerdo nos permite prácticamente entrar hoy en aquel pequeño taller.
Las suelas eran de yute y se cosían a mano. Las lonas y cintas de algodón llegaban desde Elda y Elche. Para las mujeres se utilizaba una lona denominada «albear», blanca con rayas oscuras; para los hombres, lona blanca o morena.
También había alpargatas para quienes podían permitirse algo más elegante: se confeccionaban en piqué blanco y con una correa de material, y eran utilizadas para vestir. Con ese mismo acabado se preparaban las que algunos niños estrenaban para hacer la Primera Comunión.
Lo habitual era disponer de dos pares: uno gastado para trabajar y otro mejor reservado para los domingos. Y cuando llegaba el invierno tampoco se abandonaban: se llevaban con calcetines para combatir el frío.
La publicidad de la época que acompaño (1930) ofrecía también albarcas, hilos y cuerdas de fibra, velas e incluso anunciaba que allí se hacían asientos de rejilla.
Esta publicidad comercial que acompaño, constituye una magnífica fotografía del Almoradí de aquella época: un establecimiento donde podían convivir el calzado, las fibras vegetales, las cuerdas y pequeños trabajos artesanales que hoy difícilmente encontraríamos reunidos bajo un mismo mostrador.
El negocio familiar sobrevivió al paso de las décadas y acabaría trasladándose hasta la calle Antonio Sequeros, manteniendo una vinculación con el comercio del calzado que llega hasta nuestros días.
