EL CRIMEN DE LA LOMA: EL ASESINATO DE UN NIÑO QUE CONMOCIONÓ ALMORADÍ EN 1925

Un niño de nueve años, un pozo de cuarenta metros, un criado escondido entre sacos y una confesión que, año y medio después, daría un inesperado giro ante la Audiencia de Alicante.

El conocido Parricidio de los Penalva, de 1912, fue probablemente el crimen más mediático ocurrido en Almoradí durante las primeras décadas del siglo XX. Pero no fue el único que llevó el nombre de nuestro pueblo a las páginas de sucesos de la prensa.

En mayo de 1925, diferentes periódicos comenzaron a publicar una noticia estremecedora.

Un niño de tan solo nueve años había sido asesinado en una casa de labor del término de Almoradí.

Un niño llamado Jesús

La tragedia ocurrió en la finca La Loma, situada en la partida rural de Los Pinos y propiedad de Manuel Antolinos.

Allí trabajaba desde hacía años Ramón Jiménez, de 23 años, un mozo de labor que gozaba de la confianza del propietario.

Unos meses antes, en febrero, había llegado a la finca otro trabajador muy diferente: Jesús Paredes, un niño de apenas nueve años.

Su historia ya era suficientemente triste antes de aquella noche.

Su padre había quedado viudo y tuvo que marcharse a Albacete en busca de trabajo. Antes de partir, distribuyó a sus cinco hijos por distintas casas de labor, intentando asegurarles, al menos, cobijo y pan.

Jesús fue acogido en La Loma.

Según las crónicas publicadas posteriormente, era un muchacho diligente, trabajador y querido en la finca. Y precisamente esas cualidades habrían despertado la animadversión de Ramón.

La prensa habló de celos y envidia.

El mozo reprochaba al pequeño sus acciones y comunicaba al patrón cualquier falta que cometiera. La situación llegó a tal punto que, según aquellos periódicos, el propietario había reprendido a Ramón en varias ocasiones e incluso le habría amenazado con despedirlo si continuaba tratando de aquella manera al niño.

La noche del crimen

Durante la noche del 5 de mayo de 1925, todo cambió.

Las primeras informaciones publicadas no coincidieron en todos los detalles —algo habitual en las crónicas de sucesos de la época—, pero sí en lo esencial.

Jesús fue estrangulado con una cuerda mientras se encontraba en la zona donde dormían los trabajadores.

Después había que hacer desaparecer el cadáver.

En una de las primeras versiones se afirmó que fue introducido en un capazo. Otra crónica posterior señaló que el asesino salió al campo con intención de enterrarlo y que, al encontrarse con el pozo de la finca, cambió de idea.

Fuera como fuese, el cuerpo del pequeño terminó en el fondo de aquel pozo.

Tenía unos cuarenta metros de profundidad.

Y Ramón abandonó La Loma.

Algo no cuadraba aquella madrugada

El propietario de la finca advirtió que algo extraño sucedía cuando los trabajadores no se levantaron a la hora acostumbrada para atender y alimentar a las caballerías.

Llamó.

Nadie respondió.

Cuando comprobó que no estaban, comenzaron las sospechas y finalmente se avisó a la Guardia Civil.

Las pesquisas condujeron hasta Benijófar, donde vivía la familia de Ramón.

Su madre negó inicialmente que estuviera allí.

Pero los agentes observaron su nerviosismo. Según la crónica periodística, tenía la voz temblorosa y el rostro descompuesto.

Decidieron registrar la casa.

Y lo encontraron.

Ramón estaba escondido entre unos sacos.

La escena fue relatada por la prensa con una frase que debió impresionar a los lectores de 1925:

«No me peguéis, que yo confesaré».

A continuación habría contado lo sucedido y acompañado a los agentes hasta el lugar donde había arrojado el cadáver.

Cuarenta metros bajo tierra

Acceder al pozo resultó muy complicado.

Finalmente apareció el cuerpo de Jesús.

El niño todavía llevaba una cuerda atada al cuello.

La noticia corrió rápidamente por Almoradí y sus alrededores y una multitud comenzó a concentrarse alrededor del lugar.

La indignación fue tal que, según las informaciones de la época, hubo un intento de linchamiento.

Los agentes tuvieron que sacar rápidamente al detenido, introducirlo en un automóvil y trasladarlo a la cárcel de Dolores.

Pero tampoco allí terminaron los problemas.

Las crónicas hablan de nuevos intentos de agresión contra el detenido.

El crimen de aquel niño había provocado una enorme conmoción.

Un año y medio después, todo da un giro

Parecía un caso resuelto.

Había un cadáver, una confesión y un detenido.

Pero cuando el 15 de diciembre de 1926 comenzó en la Audiencia de Alicante el juicio contra Ramón Jiménez, ocurrió algo inesperado.

La expectación era enorme. La prensa habló de gran afluencia de público y profesionales atraídos por los particulares caracteres del crimen y por su, según expresión de la época, «complicada génesis psicológica».

Y entonces Ramón cambió completamente su historia.

Ante el tribunal aseguró que él no había matado al niño.

Acusó directamente al propietario de La Loma, Manuel Antolinos.

Según su nueva versión, había confesado falsamente el asesinato porque la mujer de Antolinos le habría suplicado que asumiera la culpa, prometiéndole que mediante dinero conseguirían posteriormente su libertad.

Era una acusación gravísima.

La defensa solicitó suspender el juicio para realizar nuevas investigaciones.

El tribunal se negó.

Sí permitió, sin embargo, algo que debió de convertir aquella sesión en uno de los momentos más tensos del proceso:

un careo entre Ramón Jiménez y Manuel Antolinos.

Ramón mantuvo su acusación.

Antolinos la negó.

¿Loco, retrasado o plenamente responsable?

Una parte fundamental del juicio se centró entonces en la capacidad mental del acusado.

Los médicos propuestos por la defensa descartaron que fuese un loco o, utilizando la terminología que aparece en las crónicas judiciales de entonces, un «imbécil».

Lo consideraban una persona con retraso intelectual que relacionaban con su absoluta falta de cultura.

Había además un problema añadido.

Los especialistas afirmaron que Ramón había intentado simular una enfermedad mental, dificultando durante bastante tiempo la realización de pruebas más precisas.

Su conclusión resultaba decisiva: consideraban que era consciente de sus actos y sabía que causaba un mal, aunque entendían que podía no alcanzar a comprender plenamente su dimensión moral.

La durísima acusación del fiscal

El Ministerio Fiscal no aceptó ninguna circunstancia atenuante.

Mantuvo su petición de cadena perpetua y presentó el crimen como consecuencia de la envidia que Ramón habría sentido hacia aquel niño que poco a poco se estaba ganando el cariño y la confianza de quienes vivían en La Loma.

La descripción utilizada por la acusación resulta hoy especialmente brutal, pero refleja perfectamente el lenguaje judicial y periodístico de aquellos años. Lo presentó como un individuo que habría actuado por miedo a la «supremacía» del pequeño dentro de la casa.

La defensa sostuvo justamente lo contrario.

Argumentó que, aunque hubiese cometido materialmente el crimen, Ramón no podía ser considerado moralmente responsable debido a su estado mental. Solicitó por ello que, en lugar de ingresar en prisión, fuera internado en un establecimiento donde recibiera tratamiento, de forma temporal o definitiva si no llegaba a curarse.

El tribunal no aceptó esta tesis.

Cadena perpetua

Más de un año y medio después de aquella madrugada en La Loma, el proceso llegaba a su final.

Ramón Jiménez fue condenado a cadena perpetua.

Quedaba atrás una historia que había comenzado con la llegada a una finca de Almoradí de un niño de nueve años cuyo padre, viudo y obligado a marcharse a trabajar lejos, únicamente había intentado encontrar para sus hijos un lugar donde no les faltaran techo y comida.

Jesús Paredes encontró ambas cosas en La Loma.

Pero apenas permaneció allí unos meses.

Su asesinato, la búsqueda del cadáver en un pozo de cuarenta metros, la captura del sospechoso escondido entre sacos, los intentos de linchamiento y el sorprendente cambio de versión durante el juicio hicieron que el crimen de La Loma se convirtiera en uno de los sucesos más estremecedores ocurridos en el Almoradí de comienzos del siglo XX.