La gayá: mucho más que un bastón

Hubo un tiempo en nuestra huerta en el que la gayá acompañaba al hombre casi como hoy llevamos las llaves o el teléfono. Servía para caminar, conducir los animales, defenderse e incluso, según una antigua costumbre, saber si un pretendiente era o no bien recibido en casa de una muchacha.
Nuestro paisano Manuel Galant Pérez lo contó así en su libro Por tierras de aluvión:
Nació la costumbre de llevar “gayá” casi por pura necesidad: se fustigaba con ella a las bestias, se defendían de los salteadores de caminos, de los perros que les salían al paso, enganchaban con el rollo el cuello de la oveja o la cabra que querían atraer o separar del rebaño y traqueaban con ella las gruesas puertas del paraor.
Este arqueado auxiliar no era privativo de los viejos, lo portaba todo hombre que se andara en camino, joven o viejo. Nada fina la prenda y en ausencia de cualquier esmero de fabricación aquel palitroque acompañaba siempre como hoy lo hace el reloj, la cartera con la documentación o el carnet de conducir.
Supe de una vieja costumbre que se hubo por la huerta: si un mozo pretendiente echaba desde la puerta el cayato al interior de la casa de la pretendida, a la noche siguiente, si lo encontraba en el portal, podía cogerlo y marcharse con viento fresco; había sido rechazado, si por el contrario no estaba podía llamar y entrar porque sería bien recibido.
En estos tiempos de ahora la “gayá” ha perdido el nombre y hasta la forma; llaman bastón y por parecerse a una muleta sólo se utiliza para apuntalar los cuerpos caducos y tambaleantes de los ancianos.
