Cuando todos vivíamos pendientes de un reloj

Hoy llevamos la hora en el bolsillo, pero hubo un tiempo en el que todo Almoradí dependía de un único reloj público.
Antes del terremoto de 1829 ya existía uno en la torre de la antigua iglesia. Y sabemos hasta qué punto era necesario gracias a un curioso documento de 1784, cuando una avería obligó a pedir su urgente reparación.
¿El motivo? No saber la hora estaba provocando verdaderos problemas: los enfermos necesitaban sus campanadas para tomar las medicinas y los agricultores para respetar las tandas de riego de la huerta, que se organizaban por horas. La avería llegó a provocar quejas y disputas.
Tras el terremoto y la reconstrucción de Almoradí, en 1844 se instaló un nuevo reloj en la torre del Ayuntamiento, donde permaneció durante generaciones. A comienzos del siglo XX sería sustituido por otro mecanismo, y en los años ochenta, tras desaparecer el antiguo Ayuntamiento, acabaría trasladándose a la iglesia de San Andrés.
Aquellas campanadas no servían simplemente para saber qué hora era.
Y alguien tenía que cuidar aquel mecanismo. Sabemos que Patricio Zammit Botella estuvo encargado de su mantenimiento hasta 1932 y posteriormente lo hizo José María Follana. Incluso existe el recuerdo familiar de Trinitario Mínguez García realizando también esta tarea durante una época en los años sesenta.
Durante mucho tiempo marcaron el ritmo de la vida de Almoradí. ⏳
