El Sereno

En el Almoradí de finales del XIX, había una figura que conocía mejor que nadie las sombras del pueblo: el sereno. Mientras los vecinos dormían, él recorría las calles marcando las horas, vigilando puertas y encendiendo los faroles de petróleo que alumbraban el casco urbano.
En los libros del Ayuntamiento se detallan partidas para pagar su sueldo mensual y para reponer el aceite de los faroles, las mechas o los tubos que se dañaban con el viento.

En las semanas previas a la Navidad, su labor se hacía aún más necesaria: era él quien mantenía viva la luz en las calles durante las largas noches de invierno, y quien avisaba si algún incendio o altercado alteraba la calma del pueblo.
A veces incluso ayudaba a los vecinos a encontrar al médico en mitad de la noche.

En aquellos diciembres, cuando no había electricidad ni calefacción, el sonido del sereno marcando las horas y gritando “¡Las doce y sereno!” era una señal de tranquilidad.

El paseo con el sereno (IA)