EL ALUMBRADO PÚBLICO EN EL SIGLO XIX

En las cuentas municipales de 1850 era habitual el gasto de aceite destinado a los faroles del paseo y principales calles.
Aquel era el alumbrado público de Almoradí a mediados del siglo XIX: lámparas de hierro o latón, con mechas de algodón y aceite vegetal (generalmente de oliva o de ricino) que ardía lentamente.
El Ayuntamiento compraba el aceite por cántaros y designaba a un empleado municipal —el farolero o sereno— encargado de encender y apagar los faroles cada noche.
Su tarea no era menor: debía recorrer las calles al anochecer con una escalera, una mecha encendida y un gancho para abrir el cristal de cada lámpara.
Lo más interesante es que no todas las noches se encendían los faroles.
Los libros de cuentas especifican que solo se hacía “en noches oscuras o sin luna”, una práctica común en muchos pueblos para ahorrar combustible. Las noches de luna llena eran, literalmente, “noches de alumbrado natural”.
El consumo se calculaba “por noches iluminadas”, y los pagos se hacían trimestralmente, anotando las cantidades gastadas en aceite y el número de faroles encendidos.
En 1851 Almoradí apenas contaba con unas pocas lámparas públicas, situadas en el paseo, la plaza y los accesos a la iglesia y el Ayuntamiento.
No sería hasta finales del siglo XIX cuando llegarían las primeras lámparas de petróleo y, ya entrado el XX, el alumbrado eléctrico que sustituyó definitivamente a la luz temblorosa del aceite.
