JOSÉ GARCÍA MARTÍNEZ, «PEPÍN»: EL ESCRITOR QUE NUNCA OLVIDÓ ALMORADÍ

Tribuna de Pedro García Vaillo

Abogado, poeta, escritor costumbrista y benefactor de su pueblo, fue uno de aquellos almoradidenses ilustres cuya vida transcurrió entre Madrid y la tierra que lo vio nacer. Su historia nos lleva también a la casa Nueva, al antiguo Casino y a una imagen religiosa que todavía forma parte de nuestro patrimonio.

Una infancia marcada por la pérdida de su padre

El 24 de noviembre de 1865 nacía en Almoradí José García Martínez, conocido familiarmente como «Pepín». Vino al mundo en una vivienda de la antigua calle Mayor, hoy Tomás Capdepón, situada junto a las casas que, años después, conformarían el actual Casino.

Su inscripción bautismal recogía nada menos que cinco nombres: José María, Juan, Antonio, Ramón y Andrés. Y no faltaron personajes relevantes en aquel bautizo: entre los testigos figuraba su tío Tomás Capdepón y como padrino aparece Juan Antonio Rasco, ministro de Su Majestad, junto a María Teresa García.

Pertenecía a una familia acomodada y estrechamente relacionada con la vida jurídica, cultural y política de la época. Su padre, José García Andújar, era notario de Almoradí, mientras que su madre, Dolores Martínez Grau, era hija de otro notario, Ramón Martínez Mompeán.

Pero la infancia de Pepín quedó marcada muy pronto por la tragedia. Tenía apenas dos años cuando falleció su padre, dejando viuda a su madre con tan solo 22 años.

En aquellos primeros años resultó fundamental la presencia de sus tíos maternos, Tomás Martínez Grau, periodista y militar, y Pedro Martínez Grau, poeta y literato. Ambos ejercieron una influencia decisiva en su educación y probablemente despertaron aquella pasión por las letras que lo acompañaría durante toda su vida.

De Almoradí a los círculos literarios de Madrid

Después de sus primeros estudios, ingresó en el Colegio de Santo Domingo de Orihuela, regentado por los jesuitas, donde obtuvo el grado de bachiller en 1880.

Allí, siendo todavía un adolescente, comenzó a escribir versos. Sus primeras composiciones datan de 1879 y algunas encontraron acomodo en las páginas del semanario El Segura.

En 1880 marchó a Madrid para estudiar Derecho en la Universidad Central. El 26 de junio de 1887 obtuvo la licenciatura y durante el curso siguiente continuó sus estudios de doctorado.

Su trayectoria profesional lo llevó al Ministerio de Fomento, donde desempeñó un destino administrativo que compaginó con el ejercicio de la abogacía en un bufete privado que alcanzó cierto reconocimiento.

Sin embargo, su verdadera pasión era la literatura.

Sus escritos aparecieron en numerosas publicaciones de la época, entre ellas Madrid Cómico, El Globo, El Domingo, El Trovador, las barcelonesas Ilustración Artística e Ilustración Ibérica, así como el Diario de Alicante y El Graduado.

Aquel muchacho de Almoradí había conseguido abrirse camino en el ambiente cultural y literario de finales del siglo XIX.

«Bosquejos lugareños»: el Almoradí que quedó escrito para siempre

Si hay una obra que merece un lugar especial en nuestra memoria local es «Bosquejos lugareños», publicada en 1892.

Después de editar Lirismos en 1886, García Martínez dedicó esta nueva obra a retratar la vida cotidiana de Almoradí, sus personajes, sus ambientes y las costumbres de una sociedad que estaba cambiando.

Y aquí reside precisamente su importancia.

Porque los escritores costumbristas no solo hacían literatura. Sin proponérselo, se convertían también en cronistas de su tiempo, dejando testimonio de formas de hablar, comportamientos, escenas y tradiciones que de otro modo habrían desaparecido de nuestra memoria.

Para quienes hoy intentamos recuperar la historia cotidiana de Almoradí, obras como esta tienen un valor extraordinario.

Su vinculación con el pueblo tampoco se limitó a los recuerdos. Gracias a sus gestiones ante la Dirección General de Instrucción Pública en Madrid, el Casino de Almoradí recibió una Biblioteca Popular, destinada a la lectura y al entretenimiento de sus socios.

Una iniciativa que nos habla de su interés por acercar la cultura a sus paisanos.

Una boda entre familias conocidas de Almoradí

El 26 de marzo de 1898, con 32 años, contrajo matrimonio en Almoradí con María Amparo Martínez Domínguez, de 24 años, perteneciente también a una conocida familia local y con quien mantenía parentesco.

Entre los testigos figuraron personalidades de la época como Trinitario Ruiz Valarino, diputado a Cortes; Pedro Espinosa, fiscal de la Audiencia, y Ricardo García Alonso, alcalde de Almoradí.

La ceremonia de velaciones se celebró posteriormente, el 2 de octubre de 1899, oficiada por el párroco Cayetano Vaíllo.

El matrimonio no tuvo descendencia y Pepín acabaría enviudando en Madrid.

La Casa Nueva y las tertulias de un Almoradí desaparecido

Tras su jubilación regresó definitivamente a Almoradí, instalándose en «La Casa Nueva», vivienda que había heredado de su madre tras su fallecimiento en 1918.

Y aquí encontramos una de las estampas más entrañables de su biografía.

Quienes lo conocieron podían verlo conversando tranquilamente con sus amigos en los jardines de la casa o sentado en los bancos del lateral de la iglesia.

Entre sus habituales compañeros de tertulia figuraban el abogado Mariano Girona, Enrique María de Gali y Pons, juez de paz y asesor de Marina, y el sacerdote Francisco Bernícola.

Podemos imaginar aquellas conversaciones a la sombra, entre recuerdos, asuntos del pueblo, política, literatura y noticias de actualidad.

Era el Almoradí de las tertulias pausadas, de los bancos de la iglesia y de las conversaciones que se prolongaban sin mirar el reloj.

Su regalo a Almoradí: la Virgen de la Soledad

Uno de los gestos más importantes de José García Martínez llegó en los últimos años de su vida.

El 21 de abril de 1943 se publicó la noticia de que había costeado el altar de Nuestra Señora de la Soledad para la iglesia parroquial de San Andrés Apóstol.

Días antes se había celebrado la primera misa ante dicho altar, oficiada por el párroco Manuel Serna.

Fue entonces cuando García Martínez hizo entrega de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, con la voluntad de que permaneciera a perpetuidad en la parroquia.

No fue simplemente una donación económica. Fue una forma de dejar parte de su legado en el pueblo al que siempre había estado unido.

Sus últimos años y el destino de la Casa Nueva

En la última etapa de su vida se trasladó a vivir con su sobrina Trinidad García de la Llave, casada con Renato Bardín, quienes lo atendieron hasta su fallecimiento, ocurrido el 1 de abril de 1948, a los 82 años.

Sus restos descansan en el panteón de la familia Bardín, número 182, del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante.

Trinidad fue nombrada heredera universal de su patrimonio.

La historia de su vivienda familiar resulta también curiosa, porque permite seguir la transformación de una parte del centro urbano de Almoradí.

La casa de la antigua calle Mayor pasó por diferentes propietarios de la familia hasta que Trinidad García de la Llave la vendió en enero de 1949 a Luis Martínez Linares. Posteriormente, en febrero de 1972, este la transmitió a Luis Martínez Rufete.

Por otra parte, la documentación sucesoria recoge una adjudicación fechada el 28 de marzo de 1949, por importe de 10.000 pesetas, relativa a una propiedad de una hectárea y 25 áreas que incluía la Casa Nueva. La operación quedó inscrita en el Registro de Dolores, con unos honorarios de 16,20 pesetas.

Un almoradidense que merece ser recordado

José García Martínez perteneció a aquella generación de almoradidenses que, gracias a su formación y posición social, desarrollaron importantes trayectorias fuera del municipio sin perder el vínculo con sus raíces.

Fue abogado, funcionario, poeta y escritor. Contribuyó a enriquecer la vida cultural de su pueblo, dejó por escrito escenas de aquel Almoradí de finales del siglo XIX y participó en la conservación de su patrimonio religioso.

Pero quizá lo más bonito de su historia sea imaginar a aquel hombre que había conocido los ambientes literarios de Madrid y que, después de toda una vida, encontraba la tranquilidad sentado junto a sus amigos en los bancos de la iglesia de su pueblo.

Porque hay muchas maneras de querer a Almoradí. Y Pepín lo hizo escribiendo sobre él, recordándolo desde la distancia y regresando finalmente a sus calles.