CUANDO PARA JUGAR SOLO HACÍA FALTA IMAGINACIÓN

Hubo una infancia en Almoradí en la que casi ningún juguete llevaba pilas y, muchas veces, ni siquiera había juguete.

Pero aburrirse era bastante difícil.

La calle, la huerta, los árboles o cualquier rincón servían para inventarse una tarde entera. Se volaba la milocha, se cazaban pajaricos, se trepaba a los árboles y, cuando empezaba a caer la tarde, hasta un carrizo podía servir para intentar cazar morsiguillos.

Estaban los cheroles y el trompiche (peonza). Se jugaba con perrogordos y también a «nada», que consistía en saltar sobre otro zagal que permanecía agachado.

Se enterraban latas en el suelo y se explotaban con carburo. Con barro blando se preparaban tortas huecas que se lanzaban con fuerza contra el suelo —los morteretes— esperando escuchar el estampido.

El problema venía después, al regresar a casa con la ropa destrozada de tanto restregarse por el suelo. Y entonces tocaba enfrentarse a la madre…

Eran otros tiempos.

Había pocos juguetes comprados, pero cualquier cosa podía convertirse en uno: un carrizo, una lata, barro, unas monedas, las hojas del panizo o simplemente un grupo de amigos y una calle donde encontrarse.

Nuestros mayores suelen resumirlo mucho mejor: No teníamos juguetes, pero sí imaginación para no aburrirnos.